
Es raro, como bien sabemos últimamente, que se muestre sensibilidad hacia los protagonistas de realidades que sólo deberían tener cabida en la imaginación; pero hoy, aquello que antes sólo era imaginado, tan solo es una pequeñísima muestra de la realidad. Rareza que tal vez se espere como habitual, pero que no acostumbra aunque se desnivele la balanza para que lo punible resulte inimputable.
La hipocresía disfrazada en el espectro de algunas “maestrías”, doctorado auto certificado especializado en abuso y violencia, un seminario intensivo implementado para algunos “elegidos”; nunca incluye en sus programas dudar sobre la condición y tal vez observarlos como “probables estafadores” o “supuestos abusadores”, especialidades que siempre marcarían la traición de la confianza.
Réplica de montajes conocidos, de obras repuestas en escena que representan la misma sucesión de actos: en el primero se constituye un grupo nuevo (siempre nuevo); en el segundo (y sin entreacto) comienzan a proveerse los medios (económicos, políticos y de privilegio) y en el tercero (luego de una pausa) se acumulan abusos, denuncias, plagios, daños y expropiaciones que nos llevarán al gran final anunciado: la dependencia y la anulación de la conciencia. El producto de otras libertades conferidas y de la libre actuación de cuanto, desde su presentación y por conocimiento de consecuencias y causas, antes de la reposición, debió haber sido censurado.
Como si la imagen de la perversión fuera exclusivamente depositada en las víctimas de “la experiencia” (condición para la participación) en exclusiva repuesta al “amor al maestro”, el único que deberá complacerse; una idolatría que se traslada a una privada relación “entre vos y yo”, que no deberá comentarse porque es un subsidio irrenunciable.
Cuando los años son pocos, no se comprenden consideraciones, posturas o abusos, sólo se recordará que en aquellos tiempos, alguien cuyo perfil siempre se podrá describir en detalle, sembró demasiado daño. ¿Quién prestará atención al verdadero perfil del dolor provocado? ¿Quién recogerá esa cosecha?
En la reconstrucción del pensamiento político estamos todos incluidos, sin necesidad de ser “políticos”. La adhesión a tanto programa y proyecto de inclusión, ratificación de convenios, ideación de políticas, ¿para quien?, no podrían nunca deslindarse de su sentido integral, del sentido de sanidad, concreción y compromiso de la defensa de nuestro futuro, demostrado con actos concretos de formación de conciencias. Sin el rigor del castigo hacia quienes, por status oportunista continúan discurseando, las políticas sin motivaciones reales, instrumentación, regulación o control se evaden en el accionar de grupos que disfrazan la perversión y la hipocresía en “maestrías”.
Y si supusiéramos que el abuso no fue, entonces estaríamos frente a otra maniobra de lo maniobrable para que el tiempo pase y por Ley, así quede, mostrando como propicio todo cuanto se licencia para lastimar a nuestra sociedad.
Una síntesis de seudo ética libertina que desde todas las instancias, pretende “renovar”, abandonando las clásicas cuestiones de la conciencia, la responsabilidad, los valores y las normas sociales para toda convivencia; y sin profundizar ni confrontar, no es más que un claro proceso que pretende demostrarse como eficaz para destruir hasta la posibilidad del clásico proceso didáctico de un buen aprendizaje que permitiría, si se quisiera, públicamente aclarar, pero que en la obviedad, en el trasfondo, también influencia. Y entonces ¿quiénes asimilarán la lección?
Tal vez porque no sólo se es manipulable dentro de un grupo, o tal vez porque desde afuera también se manipula. Y en el entre tanto ¿quién controla las conductas “elegidas”? ¿El manipulador o el manipulado? ¿Quiénes podrían sancionar cuando en el juego del usufructo de voluntades continuamente se intercambian los roles?
Aclaración necesaria: Esta nota fue escrita en adhesión a las supuestas víctimas de abuso de supuestos “maestros”, quienes seguramente habrán comprendido que el dinero supuestamente mueve montañas.
Mara Martinoli
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