Los movimientos políticos actuales siempre apuntan al fortalecimiento familiar; para éstos resulta más sencillo teorizar la cuestión que profundizar el accionar para lograrlo porque aún, la apertura de programas orientados específicamente a ese objetivo, se muestran tímidamente. La crisis de la familia es una realidad y su rol social, su preciosa e insustituible función de compensación y contención, generadora por excelencia desde lo biológico y desde lo grupal, silenciosamente se va diluyendo. El límite que la familia marcaba hacia lo externo, hacia el accionar público, observado tal vez como invasivo, hoy resulta indispensable para que, en el seno de las familias olvidadas en el desamparo, el Estado proponga un camino de soluciones. ¿Existe una sola razón que explique por qué excluirla del honor de constituir el grupo social? Fuera de todo, de cuanto ni si quiera puede soñarse, se apartan de toda garantía de vida humana.
Pareciera que no nos dimos cuenta de su importancia hasta que comenzaron a observarse los agujeros negros sociales: niños en situación permanente de calle, prostitución infantil, abuso de sustancias, delincuencia (antes juvenil, ahora también infantil), madres niñas, desescolarización, explotación laboral de menores; maltrato, violencia y abuso de la condición humana. Ocultada y desatendida por inconveniente, con intencionalidad, pudo haber sido prevista a tiempo. Sabemos que la necesidad siempre permite la invasión en lo insatisfecho, sumergiéndose en ella para manipularla.
Los niños siempre fueron asistidos en la familia, más allá de toda marginalidad; en ella encontraban las razones o la modalidad concreta de la subsistencia. La crisis a la que pareciera estuviéramos habituados, divide con una línea invisible entre quienes tuvieron la oportunidad de vincularse desde el irremplazable agente socializador y quienes llegaron a este mundo inmersos en una “agente desocializado” que, fuera de toda intención, pareciera haber olvidado cómo cumplir su rol desde lo instintivo o lo natural, como lo evidencian infinidad de situaciones encajonadas en el recuerdo.
Aquello que probablemente se pensó como progreso y liberación (suponiendo siempre que la intención hubiese sido en beneficio social) en realidad fomentó y reafirmó la diferencia. ¿Con qué autoridad se decide quien integrará el grupo social selecto y quien no? Un punto exquisito de coincidencia con el accionar sectario.
La “cuestión familiar” siempre se descarga en la sociedad: la factura social es elevadísima y hoy, no sabemos cómo pagarla. Las actuales políticas sociales nefastas, lograron marginar y esclavizar en la propia condición familiar; son una perspectiva ilusoria de un futuro basado en palabras y promesas, otra semejanza con los grupos sectarios.
Por otro lado, la familia siempre fue centro para la Iglesia; y como todo nuevo movimiento surge para contradecir la tradición, pareciera oportuno disgregar familias, un tradicional adversario.
Estas situaciones de vulnerabilidad son la mejor oportunidad para “captar mentes”, que ya dejaron de pensar, porque los niños de hoy que no se alimentan (ni con pan ni con amor) serán buenas presas para manipular, desde lo político y desde lo sectario ¿O por ambos?
La aplicación concreta de instrumentaciones hacia las familias desamparadas es la realidad del futuro: la sociedad libremente marginada y marginal que nos compete.
Tal vez podríamos observar a la disgregación familiar como una rebelión silenciosa ante tanta falta de oportunidad digna; una muestra más de tanto Estado ausente, o no.
Mara Martinoli
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