
Presentación Jornada “Pensar Malvinas II” – Dirección de Salud Mental, Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires - Mayo 2005, Biblioteca Nacional, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Claudia (nombre ficticio) integró el primer grupo de mujeres que se constituyó en el centro de ex combatientes de La Plata. Las cifras de suicidios difundidas dentro de la población de VG provocaban en ella una gran preocupación, ya que conocía muy bien de qué se trataba y no quería lo mismo para su pareja.
En los primeros encuentros repetía: “Pobre, con lo que ellos tuvieron que pasar”. Tenía siempre presente su pasado como soldado y lo veía como una víctima más de tanta injusticia; pero victimizarlo despertaba su propia agresión.
Inició la asistencia al grupo por la angustia que le provocaba no saber cómo actuar ante las situaciones violentas; en la convivencia Claudia se “defendía”. Al igual que las demás integrantes del grupo estaba segura de querer participar pero al mismo tiempo refería: “tuve miedo porque no sabía lo que se venía “, “quisiera que esto nos hiciera bien a todos”, “tenía ganas de venir porque estoy desorientada”. Sabía de la finalidad del grupo, del espacio de confianza que permitiría abrir una puerta para ayudarlo e intentar salvar su relación.
Describió la vida familiar como una situación de opresión. El rol de ama de casa se había desfigurado y transformado en el de una mujer que debía hacerse cargo de todo, sin recibir colaboración alguna de su pareja; en muchas oportunidades ni si quiera podía asearse o dormir el tiempo necesario para recuperar fuerzas. Él solía controlar el entorno con manifestaciones de violencia, situación que Claudia permitió por no saber “cómo llegar”. Intentaba volver a la tranquilidad preguntando qué o quien producía sus enojos con tanta facilidad; trataba de hablar sobre sus sentimientos y en muchas ocasiones provocaba el congelamiento de su furia y el silencio que en ocasiones se prolongó durante semanas.
Pero como estaba atrapada en su modelo de vida cualquier exceso, violencia o indiferencia, era considerado como una forma de aturdir el dolor. Esta disponibilidad podría entenderse como una especie de complacencia dolorosa que la ayudaba a dejar pasar el tiempo.
Dolor, ansiedad, malhumor y silencios aumentaban simultáneamente con la necesidad de sentirse comprendida, valorada y amada.
Inició entonces el camino de la colaboración; comprendió que el dolor podría ser sobrellevado en la ayuda al otro, y así también entenderlo, porque justificar y/o victimizar a su pareja no era lo más indicado para satisfacer la necesidad de vivir una situación familiar diferente.
Claudia no negó las amenazas y decidió eliminarlas basándose en su sistema de necesidades: tranquilidad, comprensión, respeto, cuidado. Entendió cuál sería su rol.
El caudal de aprendizaje que cargaba desde el grupo era trasladado a su relación y poco a poco se iba acomodando al cambio. Respetó la participación de ella en el grupo y, paradójicamente, esto no lo enojaba. Comenzó a compartir algunas vivencias de guerra, él no lo había hecho anteriormente; también logró que escribiera para compartir su racconto en los encuentros semanales del grupo de mujeres. Estaba orgullosa de su trabajo: las manifestaciones violentas fueron disminuyendo.
La complejidad de los problemas de cada uno hizo que la pareja comenzara a ser formadora. Preguntas, respuestas y reflexiones que compartían permitieron constituir el vínculo desde la más profunda relación humana, intercambiando sentimientos que por alguna razón, cada uno intentaba ocultar. La inseguridad dio lugar a la confianza y a la oportunidad de responder más adecuadamente a las situaciones que se presentaban en el ámbito familiar.
El VG reconoció que no era tan necesario otro VG para entenderlo y que Claudia se estaba transformando en su pilar fundamental; nos sentimos seguros si nos sentimos comprendidos.
Ambos iniciaron un camino que sabían sería difícil; la readaptación gradual, producto del trabajo en el grupo de mujeres, comenzaba a dar fruto: “Me encontré a mí misma, me había perdido”, expresó.
Conclusión
Los VG cuestionan el desamparo ¿y el de su entorno?
Ella también fue víctima de un evento que la afectó, pero para su pareja las tristes vivencias de Claudia parecían no ser importantes, como si el único dolor válido fuera el que quedó de la contienda bélica.
Si bien el sacrificio de sí mismo implica madurez, a veces puede permanecer indefinidamente y el amor madura en la adquisición mutua, en el altruismo.
Tal vez existiera una ruptura entre el conocimiento y la valuación intrínseca del otro; el trabajo en el grupo permitió una nueva relación, una singular forma de interactuar; más allá de la presencia mutua reconocida, permitió abrir la conciencia a la existencia del otro.
Aclaración necesaria: El VG no asistía a los grupos pero observó y estimuló la participación de Claudia.
S. Colonna - M. Martinoli
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